Cristianía: Una Mística Monástica para tod@s (Una Espiritualidad no-dual de la sencillez, el amor y el servicio)

La antigua sabiduría monástica tiene mucho que decir a las mujeres y hombres de hoy. ¿Por qué? Porque el monacato más que una realidad institucional (hoy en día marginal) es una realidad existencial, un arquetipo presente en toda persona. En todo ser humano se da un deseo de unificación o simplificación en torno a un centro, esta búsqueda sería la esencia del arquetipo monástico.

 

Monje es una palabra que proviene del griego y hacer referencia a mónos (Uno). Monje es, por tanto, toda aquella persona que busca la unificación como fin fundamental en su vida. No es necesario que esté en una institución que se denomine monástica, pues lo monástico supera las instituciones, por muy valiosas que éstas puedan ser. No son necesarios tampoco unos compromisos determinados, pues estos pueden ser muy variados (en las diversas culturas encontramos una gran diversidad de modos de vivir el monacato, hay monjes casados y solteros, contemplativos y centrados en la acción, eremitas o cenobitas, separados de la sociedad o en medio de ella…).

 


Ahora bien, por ser una realidad llamada a vivirse en la propia existencia no basta un mero conocimiento intelectual del monacato, se necesita de un encuentro que transforme la existencia misma y que ayude a actualizar ese arquetipo interior; ese encuentro “da a conocer” el monacato de un modo experiencial promoviendo un conocimiento por participación que transforma el ser de la persona; es la famosa iniciación, que no necesariamente supone un ritual determinado, es más bien un encuentro con otro que puede realizarse de múltiples modos y que deja una huella en el buscador o la buscadora que le permitirá ir actualizando en todas las dimensiones que le constituyen (cuerpo, emocionalidad, inteligencia, espíritu) ese arquetipo monástico interior de unificación. Dado que lo simbólico también es una de las dimensiones humanas, suele acompañarse de algún tipo de acto simbólico.

 

Cristianía es una Asociación Monástica laica abierta a tod@s los buscadores y buscadoras de esa unificación que el arquetipo monástico supone. Como todo camino espiritual que pretende ser integral proporciona una formación y una práctica que ayuden a vivir de manera experiencial la espiritualidad y que comprende tres tipos de contenidos:

 

– Instrucciones o mapas del camino.

 

– Prácticas de unificación.

 

– Valores y ética.

 

Para las tradiciones espirituales la experiencia de unificación más plena sería la experiencia mística, una experiencia de comunión o conexión con Todo y tod@s sin dejar de ser un@ mism@. La experiencia mística en oriente es denominada experiencia no-dual, por ser una experiencia de unidad en la pluralidad; es decir, no es la experiencia de que todo es Uno, sino la experiencia de que todo es a la vez uno y múltiple.

 

En el cristianismo esto se ha simbolizado con el Misterio de la Trinidad, en el hinduismo se habla de sat (ser) –cit (conciencia)-ananda (gozo) como los componentes, a la vez múltiples y unificados, de la realidad última. El budismo dirá que la experiencia es a la vez Foma y Vacío, Samsara y Nirvana. Raimon Panikkar habla de una cosmovisión que da carácter real e interrelacionado a tres dimensiones: Dios (Misterio), el hombre y el Cosmos (realidad cosmoteándrica) como expresión laica de esta experiencia no-dual hoy.

 

 

La no-dualidad. Un término confuso

 

Actualmente se da una gran confusión con el término no-dualidad. Hay una tendencia a confundir la no-dualidad con una visión monista (todo se reduce a una única realidad, que suele ser la Conciencia) e incluso panteísta (confundir la realidad última con formas más o menos complejas, evolucionadas o “elevadas” o con la totalidad de la realidad cósmica).

 

La no dualidad que se ha difundido en Occidente toma mayoritariamente por referencia el vedanta advaita de Shankara, una visión no dual proveniente del hinduismo que se expresa en un lenguaje de tipo monista. Esta corriente ha sido criticada dentro del propio hinduismo por otras visiones noduales como la de Ramanuja, la de Vallabha o la de Chaintania, que critican el lenguaje monista de Shankara y sus seguidores.

 

El nodualismo como corriente se ha extendido en Occidente tomando por modelo contemporáneo a Ramana Maharshi y a Nisargadatta, dos auténticos místicos hindúes seguidores del no dualismo de lenguaje monista de Shankara. En el paso a Occidente de esta corriente espiritual se ha acentuado el monismo del lenguaje shankariano, interpretando ese lenguaje de un modo literal y poco matizado.

 

Maharshi señala expresamente que el mundo es real y no una ilusión, o que lo que defiende Ramanuja es lo mismo que él defiende. Pero sus seguidores occidentales en muchos casos no le siguen en este punto. En Occidente Ramanuja y su nodualismo relacional van a ser entendidos como una propuesta dualista y se va a acentuar la interpretación monista del vedanta advaita, creyendo equivocadamente que así se es fiel al espíritu de Maharshi.

 

Al vedanta advaita original se van a añadir elementos propios de la cultura occidental como la idea de evolución de la conciencia típica del hegelianismo, o la supuesta referencia confirmatoria de la física cuántica o la neurobiología a las conclusiones a las que habría llegado esta interpretación poco fiel del vedanta advaita.

 

Con todos estos ingredientes surgen estas interpretaciones occidentales del nodualismo que son llamadas corrientes neoadvaitas o corrientes “neonoduales” (no todas siguen el hinduismo, como el “Curso de Milagros” por ejemplo) que son rechazadas por el vedanta advaita tradicional por llevar a formas claras de monismo, panteísmo y narcisismo espiritual.

 

En las propuestas de las corrientes “neonoduales” suelen darse todos o una serie de reduccionismos y confusiones característicos:

 

Se reduce la realidad a la Conciencia (la materia, la historia, lo personal se ven disminuidos en su realidad con el peligro de ser desatendidos).

 

La dualidad y el pluralismo se consideran una mera percepción mental de la realidad y por lo tanto, inexistentes en sí mismos. La pluralidad es sin embargo un elemento intrínseco de la realidad en el pensamiento no dual auténtico.

 

Se considera el yo como inexistente o se confunde con el ego (construido sin conexión con la naturaleza real de la persona). El otro pierde su alteridad y por tanto pierde su realidad plena.

 

Se confunde la persona (la realidad más profunda del ser humano, pura relación y por ello de carácter no-dual) con el individuo, la dimensión más superficial de la persona.

 

Se confunde alteridad y separación. “Alter” en latín es el otro no separado de mí, a diferencia de “alius”, el otro separado.

 

La experiencia mística se considera fundamentalmente una experiencia cognoscitiva- una transformación de la conciencia- (siendo esto solo una dimensión, olvidando la importancia de la transformación ética y de las dimensiones ontológicas que están más allá de la Conciencia).

 

– Se niega la libertad personal y solo se acepta la libertad de la Conciencia Universal. La dignidad de la persona corre el riesgo de verse disminuida. Algunos pretenden basarse en la neurobiología para negar la existencia del yo y de la libertad personal, cayendo en un reduccionismo biologicista que reduce la mente al cerebro.

 

Se confunden las dimensiones estudiadas por la física cuántica con las dimensiones espirituales que están siempre más allá de todo lo que la física estudia. Las conclusiones sacadas del estudio de estos ámbitos físicos solo permiten defender el carácter posible y racional de la mística, pero no la demuestran.

 

Se hipertrofia la importancia de la meditación, la atención plena y el silencio en el camino espiritual. No se señalan convenientemente los peligros que estos instrumentos también pueden suponer.

 

La capacidad de pensar de la mente se limita de manera reduccionista al pensamiento analítico-empírico, al pensamiento hermenéutico o al pensamiento dialéctico, formas dualistas de pensamiento, olvidando la realidad del pensamiento relacional que mediante el encuentro supera la idea de separación objeto-sujeto y el dualismo.

 

No se resuelve adecuadamente el carácter conflictivo de la existencia humana, así como el problema del mal. El conflicto es muchas veces negado o declarado inexistente y el mal es equiparado a la limitación de lo real, olvidándose generalmente de la realidad del mal ético, convertido en un mero polo del bien- una mal necesario, por lo tanto, que no lo es- o en puro fruto de la ignorancia, sin tener en cuenta la importancia de la libertad en el origen del mal moral.

 

La nueva etapa axial: el pluralismo o laicidad

 

Son much@s l@s que vienen anunciando que estamos viviendo una etapa decisiva de la humanidad. Es tal el número de cambios que ya es lugar común decir que no estamos viviendo una etapa de cambios sino un cambio de etapa o de era. Se compara nuestra época con la llamada por Karl Jaspers época axial (s. VI a.c.) una etapa en la que se dará un cambio de gran calado para tod@s.

 

En algunas corrientes de la Nueva Era o del neoadvaita o neonodualidad se nos anuncia la venida de una era espiritual; dicen algunos que vamos a pasar de un nivel de conciencia a otro; en concreto, anuncian el paso al nivel de conciencia no-dual.

 

Recuerdan estas ideas a las corrientes joaquinitas medievales que anunciaban la venida de una era del Espíritu, en la que la religión era superada y transcendida. No son pocos los que hoy anuncian esta necesidad de pasar a una era transreligiosa o no religiosa pues creen que las religiones son siempre realidades duales y no místicas o noduales.

 

 

Es propio de las corrientes neoadvaitas y neonodualistas confundir la nodualidad con un nivel de conciencia (en realidad transciende la conciencia) y creer que es una fase de la evolución de la mente (siendo en realidad algo que transciende toda evolución). Cuando se da esta confusión estamos pues ante una forma sofisticada de panteísmo, que confunde la nodualidad con los niveles más evolucionados o elevados de la mente.

 

Los cambios del tiempo que vivimos son muy numerosos y podemos aventurar que estamos ante un cambio de época, pero lo nuevo que ha de venir no puede ser una “era de la nodualidad” pues la nodualidad transciende toda evolución. Parece más bien que nos acercamos a una era pluralista (no relativista) que es capaz de ver la pluralidad de perspectivas y caminos para llegar a la realización humana, a la vez que lo común entre ellos, que permite el diálogo y el mutuo aprendizaje, así como la elaboración entre tod@s de uno mínimos éticos que tod@s han de respetar.

 

No se trata por tanto de superar la religión o sustituirla o de imponer de nuevo una religión, sino de aceptar y promover el pluralismo legítimo (siempre que no vaya contra los mínimos principios éticos comunes). Esto es lo que llamaríamos un laicismo sano o inclusivo que reconoce que pueden ser legítimas tanto las visiones seculares, ateas o agnósticas como las visiones religiosas o espirituales que respeten la persona y su dignidad.

 

Este laicismo sano solo se puede fundamentar en la ética (en términos seculares) o en la espiritualidad. Tradicionalmente se ha creído que la ética y la espiritualidad son cosas diferentes, y es cierto que pueden aludir a cosas diferentes. También es cierto que cuando se viven en plenitud terminan siendo equivalentes, la ética plena termina siendo una experiencia similar a la mística y la mística plena solo es real si es una experiencia ética.

 

Es hora de que los defensores seculares de la ética y los defensores de la espiritualidad puedan reconocer que ambos términos vividos en plenitud son equivalentes, aunque no sean experiencias idénticas. Necesitamos pues una revolución espiritual o ética que dé lugar a una nueva etapa pluralista o laica. Así lo han expresado personas como Thomas Merton o El Dalai Lama. En la defensa de la laicidad sana coinciden tanto religiosos como espirituales y seculares.

 

Desde el punto de vista espiritual y de la ética secular, la laicidad es mucho más que la defensa de la necesaria separación entre la religión y el Estado, es una perspectiva que nació para defender el pluralismo y la igual dignidad de tod@s; es una expresión social válida tanto de una visión secular de la vida como de la llamada visión no dualista o mística aplicada al ser humano.

 

El laicismo, entendido como defensa de la laicidad, no es una doctrina amoral como decía Ratzinger, es una postura ética que defiende, por un lado, la existencia de unos valores morales universales comunes a tod@s los seres humanos, que deben ser encontrados mediante el diálogo y que deben ser protegidos y respetados por tod@s, y por otro, la existencia de la diversidad, como otro elemento esencial de la condición humana, que también debe ser cuidada y protegida.

 

La base de la laicidad y de su defensa, el laicismo, es el cuidado de la dignidad humana, fundamentada en la condición de persona de todo ser humano, una realidad única y, a la vez, en relación con todo, capaz de ser libre, razonar y amar. La defensa de la persona es otro núcleo común tanto a las visiones espirituales como a las seculares. El laicismo sano es defendido tanto por corrientes religiosas o espirituales, como por humanismos y corrientes ateas o agnósticas.

 

La espiritualidad “neonodualista” no es un corriente que permita fundamentar adecuadamente esta visión pluralista o laicista inclusiva pues lleva en su discurso un germen de autoritarismo.

 

 

Al negar la posibilidad de plenitud espiritual en las religiones o en la secularidad no espiritual plantea su sustitución por la llamada espiritualidad transreligiosa o transpersonal, derivando finalmente, o bien, en una propuesta de supresión de las espiritualidades religiosas o de las corrientes puramente seculares (pues son fases anteriores de la evolución), o bien, en una mirada paternalista hacia esas otras visiones de la realidad que genera una jerarquía injusta,  en la que se da el predominio a la propuesta nodualista monista sobre el resto de visiones.

 

 

El Monacato Laico: Un fundamento espiritual para la nueva etapa pluralista o laica

 

La laicidad o el pluralismo puede encontrar en la auténtica espiritualidad nodualista o mística una adecuada fundamentación. Al considerar la pluralidad un elemento intrínseco de la realidad, tan necesario como la unidad misma, se convierte en la espiritualidad más adecuada para esa nueva etapa pluralista. La espiritualidad no tiene porqué ser la única fuente de la laicidad pero puede contribuir también a su fundamentación, como otras fuentes que no se consideren espirituales.

 

La tradición monástica es la tradición espiritual nodual de Occidente. En la etapa anterior, el monacato y las tradiciones noduales pusieron el peso en la unidad, en la nueva etapa es la pluralidad la que adquiere protagonismo. Esto supone la necesidad de una relectura pluralista y laica de la tradición monástica occidental. De ahí la necesidad de un monacato laico, que prime el pluralismo sin renunciar a la unidad y a lo común.

 

Si el antiguo monacato buscaba la unificación dando primacía a la renuncia de todo aquello que no fuera esencial, constituyendo comunidades separadas de la sociedad en las que fuera posible centrarse en lo “único” necesario, el Nuevo Monacato busca la unificación por integración, sin renunciar a nada, más bien integrándolo en un centro que lo unifica todo. Por eso, el Nuevo Monacato se vive en medio de la sociedad, para poder tener las diversas experiencias de lo humano e integrarlas.

 

La meta de esta nueva manera de vivir el monacato quedaba muy bien expresada por Thomas Merton, alcanzar la integración final:

 

“El hombre que ha logrado la integración final ya no se halla limitado por la cultura en la que ha crecido. Ha abrazado la totalidad de la vida… Ha experimentado las cualidades de todo tipo de vida: la existencia humana ordinaria, la vida intelectual, la creación artística, el amor humano, la vida religiosa. Trasciende todas esas formas limitadas, al tiempo que retiene todo lo mejor y universal que hay en ellas, “dando a luz finalmente un ser totalmente integral”.

 

Basándonos en las propuestas de Raimon Panikkar para ese nuevo monacato laico se podrían señalar nueve características que deberían hacer destacar determinados aspectos en esta nueva espiritualidad para hacerla pluralista y laica:

 

1) Primacía de la persona. La espiritualidad en ocasiones no ha cuidado de modo adecuado a las personas, así se han dado abusos o se ha puesto a la persona al servicio del grupo, en vez de ser el valor central. Hoy el grupo debe cuidar a la persona y así la persona cuidará al grupo.

 

2) Unión de contemplación y acción, en realidad la contemplación es un modo de estar en la realidad que implica una praxis no egocéntrica.

 

3) El silencio y la palabra en equilibrio, primando el diálogo y la escucha. Ciertas espiritualidades ponen tanto énfasis en el silencio y la meditación que olvidan que estos también pueden ser perjudiciales.

 

4) Vivir en comunión con la naturaleza y con los demás seres humanos.

 

5) Superar la mentalidad historicista y evolucionista, sin caer en mentalidades reaccionarias o ahistóricas. Reconocer la realidad del progreso junto con dimensiones que superan toda evolución o progreso.

 

6) Saber vivir la “tempitenidad” o eternidad en el tiempo, valorando la historia y lo que la supera. La historia es real pero hay verdades que superan la historia.

 

7) Buscar la plenitud de la persona desarrollando sus potencialidades, buscar la sencillez por la integración más que por la renuncia (renunciar solo a lo malo o lo enfermo).

 

8) Compromiso con el mundo desde la verdad y el amor, vivir un compromiso no-violento dentro del sistema, intentando no fusionarse con él.

 

9) Compasión o Hermandad Universal, buscar que todos los seres alcancen su plenitud, en especial, los que más sufren.

 

Cristianía considera que la espiritualidad monástica cisterciense, en especial, la espiritualidad que San Bernardo de Claraval sintetizó, de modo no sistemático, reúne muchas de las características para poder convertirse en una de esas nuevas espiritualidades pluralistas y no duales que necesita la nueva etapa que estamos comenzando a vivir.

 

En la espiritualidad cisterciense el centro se pone en la persona; esta espiritualidad es un camino para que la persona recupere su verdadera naturaleza, que se describe como imagen y semejanza de Dios. La persona tiene como característica esencial la libertad (imagen) y está llamada a vivir esa libertad en plenitud: el amor (semejanza).

 

Lo central de la persona no es ni la inteligencia ni el afecto (si bien ambos son necesarios para vivir en plenitud) sino la libertad, entendida como capacidad para amar.

 

Esta concepción de la persona es esencial para diferenciar la espiritualidad nodual cisterciense de las espiritualidades que hemos denominado “neoadvaitas” o “neonoduales”.

 

La experiencia espiritual no será solo una experiencia que transforme la conciencia, sino que va más allá de la conciencia y supone siempre una dimensión ética, que es el modo como se vive la libertad en el ser humano (la ética en griego hace referencia a lo libre en el hombre, frente a la pasión, que hace referencia a lo dado o recibido sin libertad).

 

La experiencia espiritual es mucho más que una experiencia de tipo cognitivo, incluso en las modalidades más elevadas de cognición, en realidad es un cambio del propio ser y se expresa como un modo de existencia ético. El consentimiento que da la libertad al Misterio, muchas veces desde un no saber, es lo que permitirá esa transformación del ser.

 

Para San Bernardo, el camino comienza por el autoconocimiento, es decir, por la humildad (vivir en la propia verdad) que va avanzando hasta convertirse en compasión (vivir la verdad en los otros, conocer a los otros de verdad) y en contemplación (conocer la verdad en sí misma o vivir en unión con el Misterio).

 

El crecer en verdad (conversión) va haciendo que vayamos creciendo en libertad (libertad de ser lo que somos), la libertad crece en la medida que va dando su consentimiento a la realidad y al Misterio que la fundamenta. Consentir tiene en gran medida que ver con escuchar y responder a lo que la realidad nos pide, de ahí que se cultive en el diálogo y la escucha, además de la atención amorosa y el silencio.

 

A medida que vamos creciendo en libertad, nuestra Memoria (consciencia) se va sanando y se va convirtiendo en capacidad de Presencia, ser capaces de ver el Misterio en lo cotidiano y en el tiempo. La Memoria, por un lado, nos ayuda a superar el tiempo y por otro nos ayuda a vivir en él sin reducirse a él, sin perder las verdades que transcienden el tiempo, viviéndolas en él. La memoria es la capacidad sacramental o simbólica, que nos hace descubrir lo sagrado en todo, así se vive la “tempiternidad” o eternidad en el tiempo.

 

La plenitud de la libertad es el amor, la experiencia de Unión con el Misterio y en él con la naturaleza y los demás, recibir el “Beso en la boca” del Espíritu llamará San Bernardo a esta experiencia. El amor es la experiencia no-dual.

 

Para Bernardo el camino para alcanzar esta experiencia comienza por el sano amor a uno mismo, que nos abre al amor a los demás (amor social) y continúa creciendo hasta llegar al amor a Dios (el amor solo en el Misterio puede encontrarse saciado) primero porque lo necesitamos y luego de manera gratuita. En esta etapa del Amor a Dios de manera gratuita o por él mismo (no por necesidad) se pueden producir experiencias de “excessus mentis” o salida de la mente, experiencias diferenciadas de conciencia.

 

En San Bernardo la contemplación es ante todo una experiencia cada vez más plena de amor, por ello, las experiencias especiales, sin dejar de ser importantes, no son necesarias para vivir el camino espiritual en plenitud.

 

El final del camino es siempre el volver a la vida cotidiana desde una nueva perspectiva, desde la perspectiva del Misterio. Raimon Panikkar lo explicaba diciendo que si antes nosotros eramos el yo y el tú era Dios, ahora el yo es Dios y nosotros dejamos de tener tanta importancia (pero no desaparecemos) y pasamos a ser el tú de Dios.

 

El último grado del amor a Dios es la misericordia, la hermandad universal, el amor efectivo más allá de las experiencias de contemplación. De nuevo la ética tiene una dimensión esencial en la experiencia de plenitud a la que la mística cisterciense quiere llevar. Los frutos éticos serán el signo de que realmente se ha ido recorriendo el camino, más que ninguna experiencia por sublime que haya sido.

 

El Amor lleva a la sencillez, nos hace salir del orgullo, la doblez y la complicación en que la fragmentación interior nos tenía. Ese Amor produce la Sabiduría, que más que un conocimiento, es el gozo de ser lo que uno es y va siempre acompañada del “temor” (no es el miedo) entendido como esa capacidad de no reducirse nunca a la propia experiencia como si la realidad pudiera ser la experiencia que de ella tengo, por muy elevada pueda ser esa experiencia. Mantener siempre la humildad o capacidad crítica incluso con las propias experiencias espirituales.

 

El fruto final es la paz, la reconciliación interior y exterior que llega a percibirse en el cuerpo.

 

La riqueza de la espiritualidad cisterciense, así como su modernidad, la convierten en un camino espiritual ideal para vivir lo que Panikkar llamó el ideal del nuevo monje… “una aspiración que vive en la mente y en corazón de nuestra generación” … y que si bien “no tiene todavía conciencia de sí mismo” … el nuevo monje está ya presente en nuestra sociedad; lo podemos reconocer pues “su nombre es legión y su sobrenombre es insatisfacción con el statu quo” y esta insatisfacción no va a cesar; esperemos se convierta en un dinamismo renovador hacia una nueva etapa más humana y humanizadora. Esta esperanza no va a perderse pues aunque “ha llovido mucho sobre la tierra… todavía hay nubes que amenazan allá arriba”.

 

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