El Misterio está más allá del Silencio: Peligros del “Silencio”


virgen del silencioEl conocimiento de uno mismo es el comienzo del camino espiritual, así lo señalan las tradiciones espirituales.
Este conocimiento, se nos dice, lleva a descubrir el Misterio de lo real, lleva a descubrir a Dios y a toda la realidad en él. Como aconsejaba Cervantes, siguiendo la tradición humanista cristiana: «Has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. De conocerte saldrá el no hincharte como la rana, que quiso igualarse al buey.» 

El conocimiento de nosotros mismos debe llevarnos a la humildad no al “endiosamiento”.

 
Ahora bien, ese proceso de conocimiento de nosotros y de la realidad, en ocasiones produce estados alienantes, que más que ayudarnos a abrirnos a la realidad, nos encierran en imágenes “infladas” de nosotros mismos. Para evitar eso, junto al proceso de autoconocimiento, simultáneamente, ha de darse el conocimiento de la alteridad, de la realidad que me transciende, del Misterio. El proceso de autoconocimiento sano es siempre relacional, supone la apertura a un Misterio (la realidad del otro y de mí mismo) que transciende mi mente.

 

El verdadero conocimiento de uno mismo lleva a la humildad, a aceptar mis límites, y, a la vez, a la apertura a la transcendencia ( abrirme a un Misterio más allá de mi). Por ello, San Agustín oraba pidiendo:

 

“ Señor, que te conozca a ti y que me conozca a mi”.

 
Ciertas nuevas espiritualidades, que creen (sospecho que erróneamente) haber comprendido la enseñanza oriental, budista e hindú, sobre la “nodualidad” (la mística), parecen afirmar que el conocimiento de uno mismo nace de la pura indagación interior en la propia consciencia a través de la meditación, hasta alcanzar un estado de “silencio” sin apertura a la alteridad, confundiendo ese “estado de silencio” con la unión con el Misterio.

 

 

Suelen poner mucho énfasis en que nos hagamos la pregunta “¿quién soy yo?” pues piensan que esa pregunta, por sí misma, nos lleva a ese estado de Silencio, que confunden con un estado más allá de la mente. Ninguna pregunta por sí misma nos lleva necesariamente a un estado de conciencia de un tipo u otro. Es importante ver el contexto y la perspectiva desde donde se formula para ver a dónde nos puede llevar. En el contexto espiritual en el que se suele realizarse esta pregunta en Occidente (diferente al contexto en que la realizaba Maharshi, su exponente oriental más conocido) la pregunta conduce fácilmente a estados de narcisismo espiritual pues se apoya en una perspectiva espiritual occidental deficiente, que cree que el estado de silencio es igual al estado de iluminación.

 
Estas perspectivas suelen confundir la mente con el pensamiento y creen que el estado de atención plena y silencio del pensamiento es un estado más allá de la mente. Pero como señalaba el maestro de taoísmo cristiano, Peter Yang, la mente puede funcionar a través del pensamiento o de la atención y ambos son estados mentales. La mente es mucho más que el pensamiento (que ciertas espiritualidades reducen además solo a la razón instrumental, olvidando el pensamiento simbólico y dialogal).

 
En un estado de silencio seguimos en un estado mental, si bien, diferente al pensamiento. Tomar conciencia de ello (mantener la humildad de que seguimos en un estado limitado) y abrirse a la alteridad ( hay una realidad más allá de mi mente, incluso cuando esta mente está en su forma “silenciosa) es precisamente el camino para no caer en el narcisismo espiritual, que identifica la propia experiencia con el Misterio que nos transciende.

 
Como recuerda Elías Capriles, un experto en Dzogchen (la que se considera la forma más profunda de espiritualidad budista tibetana) muchos psicólogos transpersonales o “integrales” confunden ese estado de “silencio,” en el que desaparece la dualidad y nos identificamos con el todo, con el estado de “budeidad” o iluminación. Gran error.

 

 

Capriles recuerda que el Buddha alcanzó su iluminación, según el Dzogchen, cuando salió de su “abismamiento” (samadhi) y miró a la estrella de la mañana (salió de sí mismo, sin perderse, hacia la alteridad, dándose cuenta que no era el Todo y que estaba unido a todo). Creo que esta confusión  entre estado de “silencio” y la iluminación también les pasa a muchos de los seguidores del neoadvaita  o la pseudonodualidad y a muchos expertos en mindfulness actuales.

 
Para Elías Capriles ese estado de “silencio” sin alteridad es el “estado totalmente demoniaco de egoidad total” (sic.) Representa la cumbre del “Samsara” (producido por la “avidya” o ignorancia) no el acceso al “nirvana” (sabiduría) y conduce a estados de conciencia “infernales”, despersonalizadores, podríamos decir en leguaje laico.
Si Occidente ha caído en la enfermedad del individualismo y el racionalismo, Oriente conoce bien esta enfermedad del “narcisismo espiritual” al que pueden conducir sus doctrinas si no se entienden bien.

 
La Mística cristiana siempre ha sostenido que el estado de Unión con el Misterio, no es un estado de “fusión de sus sustancias en una unidad”, sino un estado de unión por el Espíritu o el Amor, en el que el Místico es totalmente consciente de su limitación y a la vez se siente totalmente unido en el Amor a Dios y, en Dios, a todo y todos. Humildad y amor se dan de la mano en la experiencia. 

 
Decía San Bernardo de Claraval:

 
Nadie, a no ser un loco, ni en el cielo ni en la tierra se apropiará estas palabras del Unigénito: El Padre y yo somos uno. Pero aunque soy polvo y ceniza, fiándome de la autoridad de las Escrituras, no tengo el menor miedo en decir que soy un espíritu con Dios…
No es lo mismo tener una misma sustancia que una misma voluntad (Amor)… Dios y el hombre al no ser la misma sustancia o naturaleza, no se puede decir que son una misma cosa. Pero se puede afirmar con verdad cierta y absoluta que son un mismo espíritu, si se unen entre sí con la adhesión del amor. Esta unidad no se realiza por la coherencia de las esencias, sino por la conexión de las voluntades” (SCC 71, 7-8).

 
La mística es un estado de unidad en la pluralidad (nodualidad o trinidad), la experiencia del Amor, no de fusión uniformadora en una unidad monista. Por eso, el místico une una plena humildad (conciencia de sus límites) con una plena seguridad en el Amor de Dios al que está plenamente unido, no puede darse lo uno sin lo otro.

 
Guillermo de Saint-Thierry, monje y místico cisterciense, decía:

 

 

“el contemplativo… en la contemplación divina debe abajarse a sus propios ojos (ser consciente siempre de sus límites, incluso en la experiencia de contemplación)… sin levantarse más alto de lo debido” (Carta de Oro, 196).

 

 

La meditación y el silencio pueden ayudarnos a abrirnos al Misterio, pero no son por sí mismos más que estados mentales, que si se absolutizan, pueden ser grandes obstáculos que nos alejen de la experiencia de unificación y nos encierren en el narcisismo espiritual.

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