La espiritualidad más profunda siempre tiene una dimensión religiosa

 

manos rezando

El proceso de secularidad, que se caracteriza por la independización de muchas realidades que antes pertenecían al ámbito religioso, ha supuesto la legítima separación de la noción de espiritualidad de su identificación con la religión.

 

 

La espiritualidad, antes siempre ligada a lo religioso, se considera ahora una dimensión humana, que no necesariamente ha de vivirse de modo religioso. Esta dimensión, según Viktor Frankl, hace referencia a la existencia en el ser humano de una realidad más allá de lo meramente corporal o psíquico, la realidad del espíritu.

 

La dimensión espiritual es el ámbito de la libertad y la responsabilidad en el ser humano, que le capacita para encontrar un sentido más allá de él mismo. El espíritu humano permite el desarrollo de dos cualidades: la capacidad de autodistanciamiento (no reducirse a identificación con lo corporal o psíquico, una capacidad metacognitiva) y la capacidad de autotranscendencia (salir más allá de uno mismo a una realidad diferente de la psíquica o corporal, que nos hace descubrir los valores, bienes espirituales que dan sentido a la propia existencia).

 

 

La espiritualidad es así una dimensión de lo humano que siempre está ligada a una conciencia ética y a un salir más allá de uno mismo, a una dimensión transcendente.

 

 

Para E. Levinas, hablar de espiritualidad es hablar de abrirnos a la alteridad, a la relación con un otro con el que estoy en relación constitutiva. Esto permite al hombre una respuesta global a este descubrimiento, una respuesta con toda su persona y no solo con la parte más profunda de su mente.

 

 

Como decía Thomas Merton, los hombres no son islas, son constitutivamente relacionales. La dimensión transcendente que implica la espiritualidad supone el encuentro sin fusión con un otro (alter), más allá de mí y en relación conmigo, que simultáneamente me ayuda a descubrirme a mí mismo, pues me descubre que yo en lo profundo también soy ese misterio de alteridad. Por otro lado, me hacer salir del centramiento en mí mismo, pues me interpela a responder (responsabilidad) con todo mi ser a ese otro, que al igual que yo, se me presenta en su vulnerabilidad, como la mía, necesitado de cuidado.

 

 

Algunas de las corrientes de espiritualidad contemporáneas (muchas de ellas presentándose como espiritualidades pretendidamente noduales o místicas) desconocen esta dimensión de trascendencia presente en la verdadera espiritualidad.

 

 

Confunden la espiritualidad con la dimensión de profundidad de lo real (en el ser humano lo más profundo sería esa conciencia, que en estas espiritualidades se centra en sí sin abrirse más allá de ella misma), lo cual, tiene el peligro de reducir la espiritualidad a la dimensión más profunda de lo inmanente (de uno mismo), sin abrirse a la transcendencia (a otro que nos transciende), la verdadera característica de lo espiritual.

 

 

Se confunden así las experiencias mentales más allá del pensamiento (el silencio meditativo centrado en sí mismo, por ejemplo), con la espiritualidad verdadera que supone una salida de la mente hacia una realidad que la transciende, la alteridad.

 

 

No extraña pues que lo característico de estas formas de espiritualidad sea el creer que la experiencia espiritual más profunda supone superar la alteridad, reduciendo la espiritualidad a un ensimismamiento en lo más profundo de una conciencia que no se abre más allá de sí misma.

 

 

Es habitual que estos nuevos discursos proclamen su modo narcisista de vivir la espiritualidad como la experiencia espiritual más profunda y consideren a las religiones como meras construcciones humanas, meros “mapas” o “copas”, siendo su modo de entender la espiritualidad (sin apertura a la alteridad) “el vino” o “el territorio” al que esas religiones apuntan. Un vino y un territorio que pueden ser muy tóxicos en realidad.

 

 

Reducir la religión a un mero instrumento (mapa, copa…) es una visión muy reduccionista del fenómeno religioso; es la antigua afirmación del viejo positivismo y el cientificismo, que pretendían reducir la religión a una etapa superada de la conciencia o a un mero fenómeno sociológico. Hace tiempo que la fenomenología de la religión demostró que la religión es un fenómeno con una entidad propia, que no puede ser reducido a una mera etapa primitiva de la conciencia (la mentalidad dualista dicen algunos) o a un mero fenómeno social (conjunto de creencias, instituciones o cultos).

 

 

La religión es la perspectiva espiritual que se caracteriza por priorizar esa dimensión de transcendencia que caracteriza a toda espiritualidad.

 

 

En la espiritualidad religiosa el ser humano se abre al Misterio, una realidad totalmente transcendente, con la que entabla una relación personal, respondiendo con todo su ser a ese Misterio, que se le presenta como el fundamento de la realidad. La religión tiene un cuerpo de mediaciones institucionales, creencias, prácticas (que sirven para expresar la respuesta humana global al Misterio) pero no puede reducirse a ellas.

 

 

Como experiencia, la religión tiene su expresión más plena en la mística, que Martin Velasco define como la “presencia inobjetivable de la Transcendencia en lo más profundo de la inmanencia”. La Transcendencia (salir más allá de uno mismo) y la inmanencia (ir a lo más profundo de uno mismo) se unen en la experiencia mística, que siempre tiene, por ello, una dimensión religiosa al hacer referencia a una realidad totalmente transcendente, el Misterio. Además, en toda experiencia mística, la religión es transcendida también, pues hay un descubrimiento de la sacralidad de lo secular (inmanencia) ya que en lo secular se manifiesta el Misterio. La mística integra lo religioso y lo secular, sin fusionarlo, en formas confesionales o laicas.

 

 

La religión, por tanto, no es simplemente un mapa, sino que es toda espiritualidad que nazca de un encuentro con la transcendencia absoluta, la forma más plena de espiritualidad. Y esta religiosidad está presente en toda experiencia mística, pues la mística supone descubrir esa transcendencia absoluta en el seno de la inmanencia más profunda.

 

 

Evidentemente es posible que se den experiencias místicas laicas, pero siempre habrá en ellas, esa referencia a una transcendencia absoluta y, por tanto, tendrán una dimensión religiosa, aunque esta religiosidad no sea confesional. Sin esa referencia a una transcendencia, en realidad no serían experiencias místicas, serían más bien, experiencias de tipo gnóstico, experiencias espirituales narcisistas. No todo el que dice haber vivido una experiencia mística, realmente la ha vivido. Muchas experiencias espirituales, laicas o religiosas, son en realidad pseudomísticas.

 

 

La espiritualidad es una dimensión humana. La religión no queda encerrada en esa dimensión humana, abriéndose al Misterio que transciende lo humano. La mística une lo humano y lo divino, lo religioso y lo secular, lo transcendente y lo inmanente, yendo más allá de la religión y de la secularidad.

 

 

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