La “confusión” de la espiritualidad con la dimensión psicológica en el “neoespiritualismo” contemporáneo


nueva era

Una de las señas de identidad de lo que podríamos llamar las corrientes de “neoespiritualismo” contemporáneo (pseudoespiritual en realidad), que tienen no poco éxito entre quienes tienen la pretensión de recuperar el valor de la espiritualidad en la cultura actual, es la confusión que manifiestan estas corrientes (y a la que llevan a sus seguidores) entre la dimensión psíquica y la espiritual, al confundir la espiritualidad, por ejemplo, con los estados psíquicos alterados de conciencia o con las funciones más elevadas de la mente como la atención o la metacognición.

 
La espiritualidad es, precisamente, la capacidad de salir de la dimensión psíquica, que tiene el ser humano; la capacidad de transcendencia o salida de sí hacia el misterio de lo real con el que entra en comunión. Es una experiencia de comunión con la realidad en plenitud: con uno mismo, con los otros, con el misterio (lo divino) y la naturaleza, realizada de modo intuitivo y cordial (en el “corazón”). Esta experiencia es lo que tradicionalmente se ha llamado fe, que es una experiencia y no una creencia, como se fue transmitiendo en las formas más rígidas de cristianismo (si bien, la creencia forma parte también de la experiencia de la fe, pues ésta se necesita expresar en contenidos, las creencias no son baladíes). La fe como experiencia transciende pues la fe religiosa, si bien, ésta sea una de las formas profundas de vivir la espiritualidad.

 

Muchas de las corrientes neoespiritualistas, que actualmente se autodenominan como caminos espirituales, se presentan como formas científicas más “evolucionadas” que las ciencias modernas “oficiales” y, por ello, rechazan toda referencia a la fe, pues pretenden equiparar la experiencia espiritual con el logro de determinados estados psíquicos que confunden con la espiritualidad y a los que pueden acceder con una “tecnología” espiritual que creen poder validar. Estas espiritualidades se convierten así en unas supuestas “ciencias contemplativas”, que serían el complemento “superior” de las ciencias modernas. Para poder presentarse así (con ese revestimiento científico, huyendo de toda equiparación con la, para ellos, desprestigiada religión) normalmente el neoespiritualismo reduce la espiritualidad a una psicología de tipo transpersonal. Sin duda, puede hablarse de una dimensión transpersonal de la psicología pero esa dimensión no debería confundirse con la espiritualidad, que por definición está más allá de la psicología.

 

 
Efectuado este reduccionismo de la espiritualidad a la dimensión transpersonal de la psicología, muchos han pretendido convertir sus enfoques psicológicos en espiritualidades, careciendo en realidad de competencia para ello. Así basándose en perspectivas psicológicas han pretendido mostrar en qué consiste la espiritualidad, han reinterpretado (mal muchas veces) las tradiciones espirituales o han lanzado críticas a las religiones tradicionales basándose en criterios psicológicos que han pretendido hacer pasar por espirituales.

 
Otros han creído que la espiritualidad era una especia de psicoterapia alternativa, dando lugar a todo tipo de pseudoterapias carentes de solidez tanto desde el punto de vista psicológico como desde el punto de vista espiritual, pues no son ni lo uno (psicología científica) ni lo otro (verdadera espiritualidad).

 

 
Por supuesto, la dimensión psíquica y la dimensión espiritual están interconectadas y no puede entenderse la espiritualidad como algo que excluya la dimensión psíquica, al contrario, la integra a la vez que la transciende. Espiritualidades que no integren el cuerpo o las emociones no son verdaderos caminos espirituales pues la espiritualidad, como experiencia de unificación y comunión, no puede presentarse como una dimensión que sustituya o niegue importancia a esas otras dimensiones; simplemente la perspectiva de la espiritualidad al trabajar con el cuerpo o con la psíque será distinta- sin pretender sustituirlas- a la de la medicina o la psicología, pues nunca se centrará en estas dimensiones en sí mismas, sino en el trabajo de unificación de las mismas con el Misterio.

 

 
Por otro lado, ambas dimensiones, psíquica y espiritual, tienen su autonomía y, por ello, la psicología y la espiritualidad son caminos diferenciados, si bien, necesitados de diálogo y aprendizaje mutuo, que respete sus diferencias y a la vez permita su interdisciplinariedad.

 

 
Estamos, pues, viviendo una verdadero peligro de pérdida del patrimonio espiritual de la humanidad, propiciada desde diversos frentes.

 

 
Por un lado, por las mentalidades cientificistas que pretenden negar validez a todo conocimiento que no pueda clasificarse dentro del conocimiento empírico y consideran la espiritualidad sana una especie de conocimiento supersticioso o pseudocientífico, pretendiendo que desaparezca, bien sea por desprestigio cultural, o bien, por persecución, ahora ya no tanto desde justificaciones ideológicas ateas o antirreligiosas como por marginación social y profesional, equiparando toda espiritualidad a una pseudociencia o pseudoterapia engañosa.

 

 
Por otro, por pseudoespiritualidades que pretenden ser verdaderas herederas de ese patrimonio espiritual legítimo, cuando en realidad son su falsificación (por su confusión de lo psíquico y los espiritual) y que contribuyen a confundir la verdadera espiritualidad con formas, éstas sí, que ni son espiritualidad ni son verdadera psicoterapia, sino una confusa mezcolanza sin valor (o con efectos negativos) que se ha dado en llamar “neoespiritualismo”.

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