Una Mística Laica para dar a luz un nuevo Humanismo Integral, basado en la libertad y el amor

La conveniencia de salir de una cultura fragmentada o reduccionista, que se correlaciona con una sociedad injusta, es una de las reivindicaciones de los más lúcidos analistas contemporáneos (p. e. R. Panikkar, Maritain, Mounier, Berdiaeff, Garaudy, Ken Wilber, Edgar Morin…). La alternativa a esta cultura y sociedad fragmentada/reduccionista es lo que podríamos llamar el humanismo integral (que tiene en cuenta todas las dimensiones de la realidad y que hoy ha de intentar integrar las diversas perspectivas y conocimientos- antiguos y moderno, occidentales y no occidentales- en su cosmovisión).

Las sociedades premodernas son ejemplos de sociedades y culturas integrales, por ejemplo, en Occidente encontraríamos una referencia de sociedad integral en la llamada Edad Media. En estas culturas y sociedades integrales la espiritualidad es una dimensión esencial, pues es precisamente la capacidad (y la región de lo real) que permite integrar las diversas dimensiones, a la vez, que transcenderlas, sin reducirse a una de ellas. Por ello, estas sociedades integrales enfatizan la dimensión espiritual o transcendente, esa capacidad de salir de sí mismo que tiene el ser humano, para entrar en regiones más allá de lo mental o corporal y acceder al Misterio, una dimensión de lo real radicalmente otra con respecto a lo que el hombre es y conoce, que fundamenta toda realidad.

Uno de los peligros que acecha a estas culturas y sociedades que enfatizan la dimensión transcendente es minimizar la dimensión inmanente (el mundo del hombre), cayendo en formas autoritarias y perdiendo así su capacidad de integración. Es decir, dejando de ser integrales. Por eso, las sociedades integrales han de ser renovadas cada cierto tiempo con un impulso humanista, que ponga énfasis en la dignidad de lo humano, son los renacimientos humanistas que son necesarios para que estas sociedades no se pierdan en formas autoritarias. Como dice Jacques Le Goff el renacimiento y la Edad Media son dos momentos de la misma realidad cultural (a diferencia de lo que creen tradicionalistas o modernistas), pues contraponer la modernidad a la tradición es un error reduccionista que no puede dar lugar a sociedades integrales que tienen que tener la unidad pluridimensional (no uniformidad) de las culturas tradicionales y la libertad moderna, como base fundamental.

Existe una espiritualidad de tipo tradicionalista o de tipo Nueva Era, que confunde la apertura a la transcendencia con la desvalorización de lo humano o de la libertad. En realidad, suele ser una espiritualidad “gnosticista”, de tipo “mentalista o “consciencialista”, que tiende a reducirlo todo a la conciencia, cayendo así en un inmanentismo espiritualista (que confunde con la trascendencia), pues al reducirlo todo a la consciencia , se cierra a la alteridad, es decir a la verdadera transcendencia. Sobre este tipo de espiritualidad, ya sea de corte tradicionalista o postmoderno, no es posible construir una sociedad verdaderamente basada en la libertad y el amor (pues éstas exigen la transcendencia- respeto y apertura al otro-, no el inmanentismo- ver la realidad como cerrada a un único principio que niega el respeto adecuado a cada realidad diferenciada).

Existe un humanismo que se cierra a la transcendencia, suele basarse en una antropología que enfatiza la razón o el intelecto como lo más destacado en el ser humano. Estos humanismos no pueden ser integrales, pues no se abren a la transcendencia (a la espiritualidad sana). El humanismo que puede animar una cultura integral, ayudándola a no ser autoritaria, es el humanismo que pone a la libertad como centro de lo humano, entendiéndola, más que como capacidad de elegir, como la huella del Misterio en nosotros, la capacidad de abrirnos al otro (al prójimo, a Dios), una libertad transcendente y relacional. Este humanismo puede ayudar a superar el logocentrismo, patriarcalismo, antiecologismo y economicismo materialista de nuestras sociedades.

Un humanismo integral, es un humanismo que enfatiza de modo sano la libertad relacional y la pluridimensionalidad de lo real, es decir, que incluye la dimensión espiritual, entendida como transcendencia (capacidad de salir de mí mismo). Los grandes acontecimientos culturales de la humanidad han nacido de la construcción de sociedades basadas en experiencias integrales de este tipo. Las culturas entran en decadencia (se deshumanizan) cuando se pierde esta integralidad o se pierde o devalúa la libertad relacional. Las vanguardias que renuevan estas sociedades o fundan nuevas culturas cuando entran en decadencia las anteriores, son los/las monjes/as y lo hacen normalmente desde las bases y los márgenes de la sociedad ya decadente (separándose física o mentalmente de las sugestiones sociales alienantes de las sociedades de este tipo).

Monje es aquel que busca la unidad, el centro integrador, como fin principal de su vida, movido por un profundo deseo de libertad y amor, de libertad relacional. El monje como decía Evagrio Póntico, se separa de todos para estar unido a todos. Se separa de las sugestiones del grupo para poder descubrir su verdadero centro, que lleva a una verdadera relación auténtica con los demás. Monje es el arquetipo del místico y la mística.

En Cristianía seguimos la visión de Raimon Panikkar que descubrió que el monacato es un arquetipo presente en todo ser humano, pues en toda persona hay un deseo de unificación y comunión, y esa es su dimensión monástica. Por eso, las tradiciones monásticas pueden ayudarnos a todos a humanizarnos. Creemos además que es necesaria la presencia de monjes y monjas, personas que ponen como fin principal de su vida la unificación y la libertad relacional, en especial, en estos momentos en que corremos el riesgo de que las sociedades sigan deshumanizándose y caigan aún más en el reduccionismo, para ayudar a fundar sociedades y culturas integrales y libres, haciéndolo desde las bases.

El monacato institucional actual está en gran medida incapacitado para realizar esta labor que hoy demanda la situación (colaborar en humanizar y hacer más integral nuestra sociedad y cultura), por estar demasiado contaminado de prácticas autoritarias, desconfiar de la libertad y no cuidar adecuadamente de los derechos de las personas. Evidentemente no en todos los casos es así (ni con la misma gravedad), pero es verdad que es demasiado frecuente la ausencia de auténtica sensibilidad humanista en las prácticas monásticas actuales, así lo han señalado Raimon Panikkar (monje laico) o Thomas Merton (monje institucional). Es necesario humanizar el monacato y es a eso a lo que llamamos un monacato laico: un monacato integral y humanista.

El Monacato laico o monacato humanista, es una mística laica que intenta recuperar la autenticidad del arquetipo monástico (la unificación) enfatizando la dimensión humanista, más que la dimensión “transcendentalista” (poner énfasis en la dimensión transcendental) , pues es la dimensión que menos desarrollada tiene el monacato tradicionalista institucional actual.

Panikkar señalaba nueve aspiraciones del viejo monacato tradicional, que el monacato laico ha de integrar y transcender:

1.-   abrirse a la aspiración primordial…

2.-   primado del ser sobre el hacer y el tener…

3.-   el silencio por encima de la palabra…

4.   la madre tierra antes que la comunidad de los hombres…

5.   la superación de los parámetros espacio-temporales…

6.-   conciencia transhistórica antes que compromiso histórico…

7.-   plenitud de la persona más allá del individuo…

8.-   primado de la santidad…

9.-   memoria de la realidad última y su constante presencia…

El viejo monacato quería logar la unificación por medio de la renuncia a lo que considera superficial, tiende a rechazar lo profano, lo humano, lo temporal… el nuevo monacato busca la sencillez por la integración, no renunciar a nada que no sea negativo, alcanzar la simplicidad por integración. Por ello, el nuevo monacato une a las viejas aspiraciones, otras nuevas que las completen:

1.- Primacía de la persona.

2.- Unión de contemplación y acción.

3.- Equilibrio de Silencio y Palabra, primando el diálogo

      y la escucha.

4.- Comunión con la Naturaleza y los otros seres humanos

5.- Superar el progresismo radical y el reaccionarismo.

6.- Vivir la “tempiternidad” (eternidad en el tiempo)

7.- Sencillez por integración de las potencialidades.

8.- Compromiso con el Mundo desde la Verdad y el Amor (Noviolencia)

9.-   Hermandad Universal, Caridad en especial hacia los que son más excluidos.

Cristianía quiere ser un instrumento para favorecer el desarrollo del nuevo monacato, la nueva mística, en quienes se sientan llamados a ello. Ayudar a ir favoreciendo la formación de monjes y monjas laicos que quieran vivir ya lo que anhelan en lo profundo de su corazón y para ir acrecentando en la sociedad la presencia del monacato transformador que pueda dar cauce a esta aspiración social: el renacer de una sociedad integral fundamentada en la libertad y el amor.

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